P. A ti.
La Municipalidad de manera sorpresiva y caprichosa nos sorprendió. Un cordón policial, varios metros de cinta amarilla con visos negros, un inspector, dos agentes de tránsito y un burócrata acucioso a pesar de su incompetencia nos privó repentinamente de lo que tanto nos es querido.
“Descargue autorizado de 8:00 p.m. a 6:00 a.m. Resolución 276/83”. Podía ser leído en letras de regular tamaño, negras, rodeadas de un fondo ya no tan blanco y todo esto dentro de un campo definido por una línea roja que denotaba tanto el carácter preventivo como legal del contenido, respaldado eso sí, con el sello inconfundible de la autoridad.
Que en un comienzo – no sabemos cuándo con precisión e imaginamos que dentro de otros horarios, si no el letrero jamás hubiera existido – se empezaran a detener camiones. Que cajas, paquetes, que infinidad de artículos desfilaran en su traslado de las bodegas de carga, a las de existencias y por último a los estantes del supermercado, no representaba novedad alguna y por el contrario nos reafirmaba que dicha autorización correspondía a un orden deseado burocrática y oficialmente interpretado y obedecido.
Una vez clausurado el supermercado, el letrero continuó sin ser molestado por el suceso, su labor informativa y reiterando a nuestros conciudadanos un permiso aparentemente sin sentido y que los vecinos, una venta de peces tropicales, un consultorio odontológico y un hotel al doblar la esquina que no atinaban a usar terminaron por olvidarlo.
“Descuido oficioso”, murmurarían los entendidos en aspectos legales y urbanísticos; varios alegaron que era el producto lógico de la tan reiterada y acostumbrada ineptitud de la Municipalidad. Otros, percibimos - solo después de los meses - que se había abierto una fisura en el orden impuesto, la que pronto aprovecharíamos para sobreponernos a las tantas y evidentes restricciones que suelen imponernos permanentemente a todos, muchas veces de manera atroz y brutal las autoridades y sus sombríos auxiliares. Los cuales actúan de manera implacable ante lo que no comprenden y sobre todo cuando se trataba de disminuir supuestas irrelevancias, o actitudes anormales y peligrosamente contrarias a un orden oficialmente diseñado para aterrorizarnos en vida.
Desconozco quien fue el primero; las razones que lo habrán detenido en ese sitio y que fue lo que insólita y abiertamente dejó junto a ese cartel permisivo. Tampoco importa establecerlo ahora.
Que haya sido un descuido, es poco probable… Son tantas las cosas que llevamos a diario, a veces por meses o años, que por qué no dejar alguna, así sea una angustia casi imperceptible, una contrariedad lejana, un pequeño dolor, un malestar ya mitigado por el tiempo en algún sitio… ¿Y por qué no ahí…? ¿En esa esquina, en medio del trafico constante y esa multitud de transeúntes…?
Si los demás tienen sus templos para el olvido, para compartir, o mejor para reconocer penas e infinidad de sentimientos, dolores, culpas y quebrantos, aparte de poder solicitar algún don a cambio de su asistencia; nosotros, los descalificados por todos los dioses, por las fes vigentes, los erráticos, desacertados, alucinados y similares, aprovechamos ese descuido oficial que nos avizoraba una posibilidad para entrar en nosotros mismos.
Con los días empezaron los nuestros a dejar en ese lugar algo más que quebrantos o molestias. Obedientes sin saber por qué al permiso oficial, arribaban después de las seis. No existía un orden establecido, ni turnos, ni preferencias; bastaba – en un comienzo – con esperar  un taxi, un colectivo, a un amigo que nunca acudiría a esa falsa cita, para poder permanecer junto a ese cartel metálico amparados en cualquier excusa cotidiana para despojarnos de lo que quisiéramos…
Llegaban con la sonrisa a flor de labios. La penumbra de esa esquina, otra involuntaria benevolencia municipal, facilitaba el propósito que nos llevaba hasta allí. En un comienzo de uno en uno, casi temerosos; pocos días después, muchos, ya que varios por fortuna coincidíamos. Los que primero se apresuraron en presentarse fueron los viejos. A fin de cuentas la experiencia siempre es buena consejera, opinaron algunos en su momento. Luego, de todas las edades…
Cada uno, a veces en grupo, descargaba lo que se quería haciendo caso a ese irregular permiso oficial. Una vez alejados del sitio, no muy retirados, los observaba maravillarse cuando un auto arremetía y deshacía un mal recuerdo, una pesadilla molesta expiraba entre las ruedas de una motocicleta, un sueño atroz bajo un camión de reparto, una malquerencia entre el paso apresurado de unos niños, un deseo angustioso destrozado por un desfile deportivo, una actitud peligrosa por una procesión, un gesto ofensivo sucumbiendo ante una manifestación… en fin, todo aquello que los hiciera sentir mal, sucios, dijo alguien; esas pequeñas cosas que no nos permitían sobrevivir en armonía con nosotros mismos, y que ese lugar fantástico nos autorizaba alejarnos de esas pequeñas y a veces grandes miserablezas e iniquidades tan humanas y cotidianas, pero que a nosotros nos estorban profundamente.
Ver cómo eran arrolladas, pisoteadas  y destruidas definitivamente toda esa mugre y por todos aquellos que de una u otra manera nos las causaban, era un hecho digno de ser celebrado, y no hubo quien no propusiera música y pólvora … Nos detuvo, creo aun, el temor no alejado de llamar la atención sobre nosotros, pero sobre todo sobre el sitio. Era un riesgo que tácitamente ninguno de los implicados quiso correr. Sin consulta alguna, todos aceptamos no solo el no delatarnos, no atraer la atención de los demás, de las autoridades, y sobre de sus ayudantes irregulares, los cuales permanecían siempre atentos a cualquier tipo de evento que para ellos pudiera ser considerado como anomalías, o comportamientos nocivos a ese, su orden.; ese que empeñados instauran de manera metódica y brutal.
La complicidad nos acercaría, y ese letrero sin utilidad práctica para los demás, nos uniría de forma inevitable. Un gesto, un movimiento, aparentemente natural en ese lugar, casual a ojos de los otros, nos identificaba, y la luz, un brillo desacostumbrado en las pupilas nos confirmaba que quien estaba en ese momento ahí, detenido, al amparo del letrero era de los nuestros. Junto con él, como niños alborozados celebrábamos el gesto liberador, el despojo de lo inútil y la destrucción irrevocable de lo que tanto nos incomodaba y molestaba. Era una fiesta, silenciosa y compartida solo por nosotros.
Fue una pareja de ancianos la que dejó en ese cartel la primer alegría. Estuvo durante horas ondeando, desafiante y ajena al tumulto cercano, al desinterés tan propio de mis conciudadanos por las cosas sencillas y simples. Era primorosa, estaba atada con cintas coloreadas, como una guirnalda de carnaval. Iluminó resplandeciente y multicolor a los transeúntes por horas enteras, hasta que una jovencita al caer la tarde, a plena luz del día la guardó para sí.
Quizá era la única o la última cosa que les quedaba, ya que a la pareja nunca más la volvimos a ver; a ella, la irreverente juvenil que desobedeció sin contemplación alguna la restricción horaria, solíamos verla de tarde en tarde, dejándonos a veces un poema, una canción y en otras con una sonrisa bastaba.
Desde ese día, la primavera fue permanente en ese sitio. Alegrías, sueños, esperanzas, deseos, se amontonaban ahí, a disposición de quien a bien tuviera el deseo de alargar la mano y tomar lo que deseara. Que un libro, que un juguete que nos hizo soñar, que un verso, que una palabra grata, que un gesto amable, hasta monedas oxidadas que nos devolvían la infancia, estaban ahí, ofrecidos sin restricción alguna.
A veces veíamos como se desprendían suavemente y flotando iban a caer sobre los transeúntes, o dentro de una bolsa de comestibles de quien salía en ese instante del supermercado cercano, o bien en el interior de un auto detenido en los semáforos próximos. Las veíamos descender suavemente  dentro de alguno de los alimentos que se vendían en la acera cercana o simplemente volaban sin rumbo conocido por la ciudad.
Nos gustaba observar el efecto que producían en las gentes. Sonreían, comprobamos que permanecían así por unos minutos, sin que muchos de ellos se interrogaron nunca el por qué esa nostalgia repentina por algo, ese deseo ya olvidado retornaba, ese rostro que se extrañaba de repente aparecía ante ellos. Eran tantas las maravillas que dejamos ahí y luego volaban, que ninguno volvió a molestarse por mirar la destrucción permanente de lo que abandonábamos en ese cartel y que luego se deslizaban al andén, ya que, y esto es lo maravilloso, solo lo querido, lo grato a alguien flotaba mágicamente alrededor del cartel metálico, al que solo nosotros le habíamos dado importancia. El resto, caía al piso y luego rodaba de la acera a la calle.
Algunos iniciados y conocedores de las virtudes del sitio diseñaron mapas, claves, instrucciones precisas para que desde otros lugares se pudiera llegar. Y no faltó quienes propusieran guías informativas a fin de ser solidarios con los demás de nuestra condición y especie. Intención que fue discutida y descartada, no por improcedente, sino por inoficiosa, ya que el lugar, sin que se pudiera dar una explicación convincente al respecto, era reconocido por todos, así jamás se hubiera vivido en esta ciudad.
De uno en uno, de mirada en mirada, de gesto a gesto, había logrado traspasar las fronteras y se difundía su existencia a latitudes por nosotros insospechadas.
Por fortuna no hubo tumultos, ni aglomeraciones sospechosas que nos delatara, o que pudieran producir un mínimo de suspicacia a las autoridades y los auxiliares del poder. La prudencia fue siempre una constante. El disimulo nuestra mejor estrategia. Son tantas las restricciones impuestas las que atormentan a todos los ciudadanos que los templos, iglesias, discotecas, bares, estadios, son ya insuficientes para colmar las esperanzas de todos ellos. Para nosotros, ese sitio, fue el inicio de nuestra liberación.
No se puede establecer en qué momento, ni quiénes fueron los autores del plan. Lo que si es un hecho plenamente establecido fue el difundir la experiencia, de tal manera que grupos organizados de manera voluntaria iniciaron la búsqueda de letreros similares, de sitios parecidos en sus ciudades, pueblos y caminos. Una gran confabulación silenciosa se fue forjando a espaldas de los dueños del poder, y de todos los controles que extrañamente suelen inventarse y auto imponerse mis conciudadanos.
Sin planificación alguna, sin discursos ni teorizaciones, solo con las ganas, el deseo y la solidaridad que nos imponen como única manera de sobrevivencia, la tarea de subvertir los órdenes cotidianos hizo carrera entre nosotros.
El cordón de policial detuvo el tránsito peatonal y mecánico durante un día entero. Lo que parecía ser una actividad que requeriría de tan solo unos pocos minutos, ya que solo se necesitaba de una segueta y de un operario para retirar el aparente inútil letrero metálico, fue alargándose una, dos, luego tres y muchas horas más.
Ninguna de las autoridades pudo explicarse el por qué las herramientas repentinamente se estropeaban, las sierras eléctricas quedaban súbitamente silenciosas, o perdían en medio de un estrepitoso chirrido todos sus dientes acerados.
La ineptitud tiene sus virtudes, ya que siempre se suele acompañar de la soberbia y la terquedad. Los pocos que resistimos y decidimos quedarnos cerca ese día ahí, pudimos verificar, sin temor a equivocarnos, de la veracidad de tal aseveración. Fue menester aunar los esfuerzos de un batallón de ingenieros y dos especialistas en demoliciones para retirar el “dichoso cartel”, como le oímos que fue llamado.
Rápidamente el andén fue reparado, que para remedios improvisados y parches si son prestos los servicios oficiales; a los pocos minutos el cemento instantáneo nos regaló la visión de una acera como lo son todas las otras de cualquier calle.

Estamos convencidos que no hubo delación alguna. Logramos establecer tras prudentes indagaciones que la incapacidad, ya notoria, de un funcionario lo llevó a reiterar su condición de tal, proponiendo el retiro, para él, para los electores y otros ciudadanos, de ese inoficioso letrero.
No niego el desconcierto inicial, la rabia que se apoderó de algunos de nosotros. Era un golpe, quizá certero contra nuestra confabulación voluntaria. A veces las autoridades y sus silenciosos auxiliares secretos, sin llegar a imaginárselo logran imponer condiciones y hábitos.
Durante días vimos a muchos de los nuestros mirar desconcertados el sitio; sentían la carencia del cartel, revisaban la acera y su alrededor… los veíamos luego hacer un gesto de dolor, detener una lagrima y después marchar.
No niego el dolor que sentí, el pavor de ante la idea de haber sido descubiertos y las consecuencias tal vez funestas para todos nosotros. Sobre todo por la dificultad innata por nuestra condición, para dar a conocer noticias de tal cariz y magnitud.
Ahora, ya repuestos de ese evento azaroso, a ciegas por fortuna por parte de las autoridades, aprendimos a dejar lo molesto y desagradable en cualquier acera, al igual que continuamos, más empecinados y convencidos que nunca, en compartir todo lo otro en cualquier sitio.
Aprendimos a convertir las ciudades en jardines primaverales, sin que los demás y menos las autoridades y sus funestos auxiliares lleguen a sospechar nuestro propósito.
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Fotografía:  santiagoolx.cl

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