La mayor parte de mi trabajo ha sido en dramaturgia.

ANAÏS CERO DOS

Es un texto para danza-teatro publicado en el volumen "Naciendo Tetaro desde el Sur" compartido con Juan Lacava (actor y escritor) y Lilí Muñoz (actriz y escritora)

Anaïs Cero Dos fué estrenado en 2005 por el grupo "Volar en V" con dirección de Raúl Ludueña.

Anais Cero Dos

Gerardo Leonardo Pennini

Setiembre 2002

Es necesario, absolutamente indispensable, prestar una atención casi maníaca a la preparación de los alimentos. No, claro que no hay que tomarlos solamente como alimentos, como esas cosas impersonales impresas en estadísticas de calorías, hidratos y proteínas. Para una gran parte de la población mundial, la mayor parte diría yo, claro que solamente se trata de alimentarse, comer o no comer esperando llegar al día siguiente, conseguir un pedazo de pan y desintegrarse, sudarse, contorsionarse, prostituírse, desanimarse, arrastrarse, inventariarse...tratando de durar hasta el día siguiente, conseguir otro pedazo de pan y volver a durar otras veinticuatro horas...veinticuatro horas bajo el sol mascando arena, chupando nieve, lamiendo barro, royendo un pedazo de madera de pino .

Hay que concentrarse, no se trata de esa concepción de los alimentos, sino estos otros, éstos relacionados con un estilo de vida, con una necesidad vital y compulsiva de elaborar las delicadas recetas de cocina con fines puramente hedónicos, en la búsqueda lisa y llana del placer, la gratificación de los sentidos llevados a su máxima expresión. Aquí, dentro de un espacio, ámbito o recinto reducido y reconocido, apropiado y adecuado, donde las paredes guardan reconcentrados aromas de otras recetas cocinadas aquí durante generaciones, de generación en generación, y otras secuencias obvias que surgen de la palabra misma. Sobre los muros, adherida debajo de la capa de pintura, enredada en los pliegues de estas cortinas pasando de allí a la ropa, acechan olores penetrantes de condimentos utilizados a placer. El revoque, el estucado, los mosaicos o azulejos que forman estas asépticas superficies lisas, refractantes, pulidas, geométricas, cuadriculadas y planas donde limitamos nuestros movimientos...no frenan la vida de los olores. Cada partícula de perfume abandona muy lentamente el lugar milimétrico donde apoyamos la yema del dedo medio de la mano derecha. La yema, del dedo en este caso, roza tan imperceptiblemente este sector de la superficie y produce un temblor, como el chucho de las viejas, que recorre la pared izquierda sin ser siquiera percibido. ¿Alguien podría decir alguna vez que ha visto la sana y confiable pared de mampostería de una cocina estremecerse de gozo, o de pasión, o...? No, sería acusado de loco, claro está. Pero sí juraríamos que ese penetrante aroma a jengibre antes no estaba en el ambiente. Y si nos movemos con una pizca de rapidez, podremos husmear con ansiedad, acezando, hozando, holgazaneando, retozando, allí...justamente allí donde aquélla vez se derramó el aceite de oliva y el pimentón que debieron rehogar frutos del mar...pero sigamos...sigamos...trotemos salpicando y pizzicando con nuestra inquieta nariz sobre la tabla de cedro, que esconde su perfume bajo este ardiente estilete ensalivado que se yergue desde un jardín de calamares, olores marinos que acidulan la curva de la lengua, tentáculos prestos a apresar aplanados berberechos contrahechos en las ollas del Mediterráneo derramado sobre pentagramas, Cataluñas y canciones.

Aquí, en este preciso momento y lugar deberá detenerse el dedo inquisidor y una desmadejada mujer disimulada en los vapores perfumados desnudada esta primera vez entre dudas enfrenta decisiones de mujer detenida en este preciso momento. No importa, dura lucha con la duda que la dejará desmelenada. La mujer mira el campo de batalla, se adueña de las armas necesarias, elige el momento y la distancia, el rincón adecuado y circunstancia, elige las cucharas, los menjunjes, el páprika y la salvia. El tomillo, el estragón y la genciana caen al suelo, debajo de la mesa. Ella, urgente, corre a recuperar el curry, se arrodilla en busca de canela, se agita, se angustia y clama para que aparezca la vainilla, el agua de azahares se derrama. Sus dedos se internan y se enredan en su propia cabellera, se frota sus ijares con anís y salpica de laurel sus hombros y su espalda. Reserva misteriosamente el perejil. Hace una dificultosa pasta con el ajo salvaje atroz desaforado que exhala el aliento que rechaza, lo potencia, lo estimula y lo macera en el mortero que copia la forma de sus nalgas. Ahora descansa. Se mira en el reflejo de las olas, de los vidrios y del agua. Está, se siente lista ofrendada presa voluntaria para el altar de lares primitivos, ancestrales, donde aún hay brasas. Ofrece los labios brillosos de saliva blandamente encanutados, sorbo de carne ensalivados, anticipo de boca en un soplo aprisionado que se suelta en el velamen del fogón casi apagado, aviva el rescoldo, eleva unas llamas frágiles que reclaman otro sorbo de soplidos y mejillas rojizas redondeadas suavemente conteniendo saboreando impeliendo paladeando lengüetazos de suspiros y aliento a golosos puerros cabezones y aromáticos.

El paso del tictac que marca el paso en la pared con capas de pintura de sorprende así, ante el minuto siguiente apenas doble, doblegada la espalda en arco de triunfo dominando desde abajo mientras las rodillas empujan hacia delante la marcha del momento final cuando los pelos, el sudor y la sopa espesa cremosa se derraman dejando sobre los mosaicos del piso otra cálida gotera del cáliz sin vino que opaca el contraluz de la ventana.

Ella está allí, dejando resbalar la cerviz imaginando que la mano la empuja y la aparta. Terminó, brilla el mismo contraluz en la curva horizontal de la espalda, penumbra en la curva de las nalgas, suave terciopelo de duraznos y bizcochos en los muslos, tensos tendones provenzales que mejor presumir los pies marinados en vinos blancos, por ejemplo moscatos sanjuaninos o torrontés de Salta.

Debe elegir las presas del animal de montería y cuidadosamente recorrer con la palma el libro de recetas para preparar carnes de caza. Sube y sube juguetona la escala de los dedos inquietos por pradera o jardín de césped masculino a creer por el almizcle que exhala el tapiz tapete o mantel donde está aún intacto el conejo, el venado o el cordero según se vea el macho tierno a punto de sacrificar sobre la piedra o el mármol, sobre hierbas, sobre el cedro de la mesa, entre orégano y adobos o como sea, presa al fin que deberá ser despostada, desarticulada, enarbolada, macerada y amasada hasta que por fin se vierta su relleno almibarado, ácimo o aguado y se mezcle con jugos viscerales donde se rebelan las entrañas que también rehogan en esencias sus orgánicos olores y los rojos oscuros, rosados, ambarinos, moldeados colores en redondeces recovecos y agitado agitar de revuelos de instrumentos de placer, sartenes y cucharas, afilados dientes y afelpadas dentelladas.

Es en el borde más primaveral por ahora el ajetreo del hojaldre con silencioso crujir, batir y desmoldar de pasta de avellanas. Es por ahora en un imposible ángulo recto con las patas las piernas de la mesa cotidiana que gime y triza y trota y se desarma bajo el peso de un turrón de Alicante, bronceado de almendras, olor boscoso y ácido bestial profundo mazapán de carne blanca que contrasta y lucha y aparenta retorcerse caníbal jauría de una sola boca que patea corcovea rebuzna y brama confundiendo líquidos en estallar de jarras alfareras que se rompen en trizas. Dos brazos doman empujando. Bajan el bollo de masa todavía tierno para que junte levadura con el trigo y la sal, la saliva y la salmuera y se hundan los dedos como cepos en redondos omóplatos dos crestas donde amasan con esfuerzo y energía y la masa se rebela revolea crines furiosas estériles y vanas y adelante hacia atrás es un violento choque donde leuda rígido empujón injusto irracional violento ya no tierno sorprendente los ojos buscan adelante fuera del ángulo agreste del borde de madera, ya no olor a cedro entre tantos olores y violentos sacudones de palos y piernas y amasar la masa en bollos de pan que se apuña empuñando el puñado de pelos que queda entre los dientes cuando muerde inconsciente la decadencia muscular desde atrás desde la cresta del monte y la colina y se hunde una frente calentada al horno de la espera desespera desenfrenado suspiro estertor postrero soplo que termina juntamente desparrama un poco de harina de sésamo en la tabla.

Se pegan de humedad con vapores las tres pieles, la más última la mesa la más roja, la que trasciende inalterable. Ahora unos momentos el bollo tendrá que descansar desandando hacia atrás alrededor aspira el aire, busca el agua, se aleja del fuego, acaricia la tierra, asemeja una codorniz, asemeja un faisán y revuelve y revuelve aletas nadando en una danza, colea y menea.

Descanso. Desanda. Demuda. Deviene la devanadora tiquitaca tiquitaca el reloj de pared en el clavo clavado, cla, cla, cla, cla. Chancletea. Deshilachada chancleta deviene en devanadora del huso de hilar de la parca sedienta solitaria canilla gotea la gota cla.

Cla.

Tic.

Tac.

Tiqui.

Taca.

Tracata traca tá, rataplan, plan plan.

Plan rata plan plan plán.

La cuerda. La cuerda del reloj, la cuerda en chancletas lleva cordura en la bolsa y el hombre el mismo el de la bolsa confunde y se piensa en bolsa de papas el escroto, escorbuto estropicio estragón, y paté y foie gras y ganso trozado saltando en la paila manteca, pimienta y harina, dos vasos de vino jerez.

Me tomo uno de tinto riojano.

Rodajas de zanahorias que pela y estira y comparte comprime en rodajas rojizas.

El corazón es amarillo. Anaranjado.

El círculo rodeando el tronco amarillo se ve bermellón, se ve be .Se bebe oscuro Burdeos en vaso de vidrio grosero.

Dos manos. Detrás de la orilla del vidrio afinado afiebrado dos ojos dorados imponen inoportunamente dos granos de pimienta. Dos garras de gato. Dos hojas de laurel. Dos rodajas de limón. Dos pies y dos manos son cuatro y dos tetas son suyas no mías no tuyas. Dos cucharadas de perejil, arrepollado manojo mechón de vello púbico de duende verde encrespado y el vaso de vino son dos. Dos vasos, dos garras de halcón, el barniz bermellón de las uñas el gato maúlla y aguarda encogido agazapa el zarpazo.

Dos buenas gorduras blancas firmes apenas redondas con puntas color de ciruelas pero de carne de ciruelas peladas que da gusto mojar apenas en vino morado rojizo, cebollas peladas perfumadas dos de las blancas con puntas rojizas, de buena cebolla italiana. En cuencos madera mimbre de tono menor marrones de roble vetusto maderas talladas rebosan refrutan refutan violadas frambuesas contraste con pálidas limas de verde pezón y naranjas naranjas de ombligo, kinotos campestres desnudos, yacentes asoman del borde desborde de peras melìferas penden ásperos kiwis pendulan.

Apenas asoman, secas castañas y pasas de rubios higos raquíticos abrillantados.

Una.

Se mira y compara. Sobre el borde de una copa dos copas ofrecen dos tragos azules o negros o mira y compara. Son buenas carnosas estas valencianas, más chatas, la piel es más frágil, olor más silvestre. Son dos buenas valencianas que palpa mientras las copas se miran por sobre los ojos de vino que vienen y tocan.

Cla, cla. Chancletas solas se van tiqui taca. Hay cuatro descalzas, no, seis se descalzan y volcando las copas los dedos se untan unguentan de frente en frente enfrentan acercan de frente y el vino escribe con letra cursiva en el pecho, la cara, la espalda y baja.

Se tocan. Tan tan.

Rataplán.

Cebolla en gajos cortados despacio finitos y largos, chatas de Valencia, redondas de Italia formando cortinas de aroma y vapores baja en catarata para purgar sus excesos en el aceite donde se frita la carne de ganso.

Tiqui. Taca.

El tiempo pasado, los sueños pendientes, pendiendo atrasados, deseos fantásticos. Hace falta un coro. Se agregan las sombras sobre las paredes, se mueven cortinas, rechinan las puertas, se rozan las ollas, el viento agita las llamas. Esto dirían las viejas es la boca del horno. Del horno dirían sin saber, donde nadie conoce, nadie repite en voz alta que pasa, cuál es, nadie ha estado. Se asoma a la boca del horno.

Se ha muerto el perfume. El olor se gasta apretado entre los frascos. Las sombras que entraban por la ventana están derramadas por el suelo, los cuerpos, las verduras, el brasero, menos una.

Una sombra baila

Contra el fondo oscuro de tizne, contra repollos verdes, coliflores blancos, sardinas plateadas, damascos dorados.

Es mucho más que una silueta. Ni siquiera se ve como un cuerpo. Llegó anocheciendo, se va alumbrando. La voz es de bajo. Tal vez una cuerda, un arpa. Suena mejor, es barítono. Tal vez sea un viento, un fagot, una tuba. Una línea un perfil, los ojos son seis, las manos son cuatro...no...tres cabezas y pies, y la línea se borra se extiende. Matorral espeso de hierbas mezcladas y el vino nublando la nube que cubre mirada hacia abajo la cruel reprimenda la culpa y el peso y tres en un vaso bebiendo se juntan los labios de a cuatro y la bolsa torneado perfil en penumbras clavo de olor y pepino perfecto barítono junta por arte de magia la barba del choclo, las cuatro cebollas costado de guitarra, puerro cabeza terciopelo y remolacha, otra cabeza es negro revoltijo de grosellas.

El vino se había terminado. Por esa ventana, aquélla, la misma, alguien asoma hacia adentro, no se ven luces ni sombras ni suenan cuchillos ni se baten cucharas, ni siquiera el brillo de alguna sartén.

Las garras de gatos dejan la ventana sobre la tabla ven marcando huellas.

En ese lugar que pasó todo el tiempo olvidado, escondido, negado, está el surco de la yema de los dedos. Allí se sorbió con el negro carbón vegetal el perfume de todas las especias.

El reloj de pared está clavado con clavos y todo el color naufraga en un mundo redondo con números romanos que parecen más clavos.

Una piel o dos recuerdos inútiles inertes insensibles colgadas de un lindo perchero junto a una puerta que aún no ha sido abierta. Debajo hay un informe deshilachado descolorido montículo de chancletas y una pipa. O un diario de ayer.

Pendiendo también aquélla fantasía. Pendiente.

Sobre la hornalla inoxidable el gran caldero reluciente refregado refleja un brillo sospechoso mientras bulle hirviente hirviendo a borbotones todo atisbo de cosa alguna salpicando ardiente quemazón hasta que sale desde el burbujeante brillo una mano desosada despojada de piel y sin relleno posible. Esta mano, y ninguna otra mano, toma con los dedos de uñas negras que serían negras si el color sobreviviese, toma una grande y pesada tapa de caldero y la coloca en su lugar.

Será lo último que veas, antes de comenzar a sentir...hambre.

Fin

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