Un Perú para Paul Gauguin

Gerardo Pennini, Lima 2003

A modo de contextualizaciòn de la puesta en escena, vale decir que Paul Gauguin viviò parte de su infancia en Tacna, puerto del sur del Perù. Su abuela Flora Tristán, peruana anclada a Europa por las guerras napoleónicas, había sido una de las primeras luchadoras por la igualdad social . La madre de Paul, que se llamaba Aline igual que él llamaría a su hija, había luchado en la Comuna de París debiendo exiliarse en tierras americanas reabriendo el ciclo familiar, y de regreso en París es baleada por un marido intolerante y celoso en 1888 muriendo poco después. A partir de allí, imaginamos un Gauguin atrapado a la sombra de estas dos gigantescas mujeres, iniciando frustrados viajes hacia las costas del Perù, primero cruzando el Atlàntico (estuvo en Martinica y en Panamà) y por último dando la vuelta al mundo, afrontando el Pacífico desde el Oeste y nunca llegando a esa “espalda de Amèrica”.

El Viejo es su interlocutor, contrincante, alter ego y seductor, un Caronte que tratará permanentemente de envolverlo en sus redes como en una danza, mientras Gauguin robará en cada contradanza los colores del horizonte para ir formando con ellos su tela hasta despojar al Viejo de toda luz. El creador en ese terreno metafìsico de la utopía artística luchando entre la seducción de la muerte y la eternidad de su obra, sus miedos, las mujeres que consumió y de las que se alimentó, la oscuridad, el abandono y la luz y la pasión de Flora y de América.

Un Perú para Paul Gauguin

Una Obra Impresionista

A orillas del mar, amanece. A foro una perspectiva de playa y cielo, a derecha una barca de totora. A izquierda, Paul irá armando sus bastidores donde pintará con largas pinceladas de tela. Un Viejo trabaja en sus redes de pesca, que son trampas para Paul. Colores, colores, colores. Llega Paul y se detiene a observar largo rato.

Viejo: En este punto, exactamente, don Francisco fundó la ciudad en 1535.

Paul: Ya no existe.

Viejo: Mala suerte la de estos españoles. Cabalgar los mares y venir a fundar una ciudad justo aquí, donde se encuentran las dos corrientes. Con la mirada hacia lejanas islas.

Paul: Ese azul pesado, denso, casi tormentoso

Viejo: Ese azul que viene desde el norte con huracanes y maremotos.

Paul: El color de la tristeza

Viejo: Desde el sur llega este azul de aguas profundas, de mareas ruidosas, peces que saltan fuera de las olas y sobre todo voces, sordas roncas y concentradas voces.

Paul: Mi madre veía en él el color de la luz. El fantasma del cielo, la planicie luminosa. Prefiero verlo como lo veía mi madre. Pero ya no existe.

Viejo: Yo ya estaba aquí cuando llegaron los Incas, había estado desde antes, mucho antes. El chocar de las dos olas, la lucha de las mareas, una clara y otra oscura, una de luz y otra...

Paul: De tristeza

Viejo: Arrojan esta bruma que no deja ver el sol, dejan en el aire esta humedad de sal que alimenta árboles y flores

Paul: Flora, pudo ser hada, ninfa, amazona, Flora, la he buscado.

Viejo: Los huesos se retuercen, se rebelan. El aliento se hace soplo de sal, los ojos se acolchan de neblina, árboles, alcanfores, canelos, caoba...

Paul: Y poco a poco daré la vuelta al mundo. Con zuecos de holandés errante tallados en madera y en la carne de morenas ramas entrelazadas.

Viejo: La niebla nocturna alimenta al higuerón, la planta que abraza los troncos más recios y los vacía por dentro, los consume, chupa y sorbe en el abrazo de largas verdes piernas que cuelgan hasta el suelo. Y queda un vacío negro entre ese encaje retorcido de cuerdas vegetales...

Paul: Curvadas ramas de madera triste, huecos misteriosos y perfumados con murmullos espectrales. Les he temido siempre. Flora lo intuía. “Aline-decía Flora lejos de este mar- esos colores que luchan en la vida y en la muerte son una señal. Todo es extremo, Aline, como el amor desesperado que mata al árbol que sustenta”. Mata, viejo, esa desesperación de no llegar es como el lago estancado de la muerte, donde no se avanza, sólo las cosas reales retroceden.

Viejo: Allí, tras esas montañas se mataban unos a otros hombres del mismo color y misma sangre. Aquí recuerdo que Aline recordaba a Flora fijando la mirada hacia el poniente. Y entonces en el mar yo le mostraba profecías.

Paul: No me importa. He decidido partir, ya no me importa, voy a calzar zuecos de holandés y caminare en el sentido opuesto.

Viejo: Aquí esta mi barca, remendada, tosca pero firme, ya navegaron en ella tu madre y tu abuela. Navegaras y mientras tanto arrastrare mis redes.

Paul: Yo voy a decidir cuando y como enfrentaré las olas, cabalgare en colores azules y los haré volverse violetas. Buscaré a Aline en mujeres distantes, blancuzcas, alejadas del sol, las haré que parezcan transparentes, las abrazaré como la raíz del higuerón.

Viejo: ¡Qué iluso! ¿A las mujeres? ¿Pretendes encontrar calor en Dinamarca o en Bretaña, o en Arles con otro loco solitario?

Paul: Viejo, solo eso, viejo pescador, no me desafíes.

Viejo: ¿Así es como me ves? ¿Viejo pescador?. Flora me pidió las redes, igual que otros lo hicieron antes. Ella sabía que yo guardo todo desde siempre, los huesos ablandados, los ojos llenos de niebla, las bocas abiertas donde entran los peces. Sin embargo, no pude ayudarla. Solamente la transporté de aquí para allá, de allá para acá, la acuné y traté de protegerla, igual que a tu madre Aline.

Paul: Cuando mi pie pisó el granito duro de Bretaña el zueco de madera gimió, cada paso fue un ladrido de perro. Atrás a mis espaldas quedaba otra Aline y estaba la costa del Pacífico y ese lugar desconocido que invento en cada paleta y cada desayuno con frutas, ese lugar en Tacna. Pero están más al oriente, cada vez más turbios y más quietos. Y las frutas recogidas en Martinica no saben igual que las papayas. Yo tengo en los labios el sabor de conchas negras y de plátanos cocidos que no saben igual que en Panamá.

Viejo: Pero ya no te recuerdan. Mira allá, la línea donde chocan las mareas. Mira esa cresta alzada sobre dos casas, una encima de la otra, esa espuma blanca que raja de un machetazo la negrura pintada con pólvora de cañón del cielo sin luna. ¿Qué haría el loco de Arlés en esta costa? Pintar el cielo del Callao, donde solo la luna es luz, el faro agoniza en el océano, las piedras de la fortaleza se funden con los planos verticales del cielo plomizo y la bahía que se tiñe de abismo. Ni siquiera los cuervos son negros de negro con perfiles, son movimientos en el negro plomizo del aire detenido.

Paul: Ya no me recuerdan. Han dejado de nombrarme. Mis líneas se funden con las islas, mi cara casi tiene el color de estas paredes secas.

Viejo: ¿Y que harás? ¿Te dejarás morir?

Paul: Voy a usar mi paleta como un cañón de la marina. Voy a matar con estallidos amarillos ese traslúcido sueño que camina detrás de mí. Desenterraré un mar que no es gris del fondo de mi insomnio, un cielo que no será neblina, será celeste desgarrado por un sol del ecuador americano. Y los rojos de pimientos rojos.

Viejo: ¿De que te sirvió montar barcos de metal y fuegos de carbón? ¿Acaso para llegar a las costas de la infancia es necesario navegar con brújulas reales?

Paul: Viejo, te vuelves a equivocar. No sólo son las costas de la infancia. De allí partió un niño con los brazos cargados de olores y sabores. No te equivoques, hoy soy un hombre, los brazos se me cansan de sostener cuerpos que no puedo abarcar, de empujar abrazos que se disuelven en la niebla. No. Encontraré esos pechos de madera morena y flores monstruosas, los encontraré.

Viejo: Esas flores habitan en el fondo de mis redes, si tuvieras verdadero coraje vendrías a buscarlas.

Paul: Habitan ellas en el plano de mi tela cuadrada y simple, como simples niñas flacas que descansan apoyadas en las manchas de color. Puedo darles vida, aunque quede en el fondo otra Aline, fantasma sin mirada.

Viejo: Es allí donde se escucha. Presta atención, hay voces que cantan, sonido de coros y cuerdas que elevan música de tiempo hacia la costa. Voces que flotan y se hamacan en olas pequeñas. Sollozos que entran en las minas, que echan paladas de carbón en las calderas, espaldas oscuras curvadas bajo fardos de caña de azúcar. Y Flora que los ve.

Paul: Ondulan, son ondas de aguas calientes adheridas a mis ingles. Bocas con cantos húmedos y ojos con ojos que se pegan y no abandonan la mirada cazadora.

Viejo: ¿Te conforman?

Paul: ¡Nooo! Necesito seguir remando en zuecos hacia el este, seguir la ruta de los árabes, visitar islas moviéndome de un lado a otro. Necesito aprender dialectos que me sirvan para preguntar, palabras primitivas para seguir la búsqueda. Con ese, ese y ningún otro sol de frente saliendo sobre dentelladas rabiosas de hielo que avisen que es América allá en la distancia.

Viejo: A medida que te alejas. Mejor subes a mi barca de totora.

Paul: A medida que escalo un mapa incógnito y místico trazado por bárbaros mongoles que llegaron desde la tristeza del ocaso.

Viejo: A medida que te pierdes y demoras y te enredas y los huesos se ablandan con la sal del mar Pacífico.

Paul: No me asusta sólo un viejo. Flora habló con Bolívar de su América, juntó sus cartas con amor no correspondido, aprendió a atar su erotismo con cintas ásperas de mandil de obreros. Aline tuvo mejor suerte, pero tuve que dejarla.

Viejo: El momento fue el mismo, la abandonaste. ¿Y su infancia?

Paul: La infancia, el momento de vida, de ser feliz, la hora de tomar el desayuno frutal y correr a sus polleras a esconderme. Pero esa era mi madre. Pero a mi también me la negaron.

Viejo: No podrás esconderte, sin esos vestidos que olían a canela llegarás desnudo y flaco. Y ella tendrá los ojos abiertos, mirando desesperada hacia otra parte.

Paul: El barco llegará, sé que llegará.

Viejo: Será tarde. Y dos charcos donde queda sal se escurren ahora, justo ahora allá ¿los ves? Donde hay una figura de largas polleras esperando.

Paul: ¡Se desploma, no dejes que caiga! ¡Ya perdí a mi madre! ¡No dejes que se derrame con el mar, apenas niña!

Viejo: Esta niña sube a la barca, ambas Alines se encuentran muy lejos del artista que se cree abandonado. La vista baja sobre la paleta, de allí hacia el suelo, busca equivocándose en la cabaña maorí, resbala el ojo buscando colores

Paul: ¡Basta! ¡No la dejes caer! No la alcanzo, jamás la alcanzaré.

Viejo: Olvida la distancia, están a mitad de camino, lucha, vence el barro de los pies, abraza un sol que pueda arrastrarte con su llama, deja el carbón que te consume.

Paul: No tengo fuerzas para tanto. Me pesa, juro que me pesa, Aline me abandona, cada vez estoy más lejos. Ni siquiera Titi me da consuelo, soy injusto, soy el higuerón comiéndome otras carnes. Inmóvil, desnuda, acostada sobre el vientre, los ojos desmesuradamente abiertos por el miedo; Teha´amana me mira y parece no reconocerme. Tengo pesadillas, vuelvo a verla cada noche. Los terrores de ella me contagian, me parece que una luminosidad fosforescente emana de sus ojos de mirada fija. Despierto escupiendo sangre roja, tengo que atrapar el color rojo, este rojo, pero no es el mismo rojo de las flores de Tacna, de la costa americana. Voy hacia el sol que deja las cumbres y viene a mi encuentro, pero..

Viejo: Cuidado. Te enredas en las sogas, cada nudo puede ser la trampa que te arrastre, si te quedas quieto..

Paul: ¡Jamás! Voy hacia el oro que mató a los españoles

Viejo: El oro sin brillo, despojado y vil que mata a los americanos en la lucha espumosa de las dos corrientes.

Paul: ¿Esa es la arena del Perú? ¿Será tal vez que estoy llegando?

Viejo: Nunca volverás. Este Perú está a espaldas de América, es el mar Pacífico. Aquí, mira tu reflejo en este momento de calma de la ola. Mira este pecho, aquí mamaste, estos brazos circulares, estas manos que se extienden, las redes te reclaman, estás muy demorado contra el sol que te enfrenta y te deja sin mirada.

Paul: ¡Basta viejo! Desde abajo, pretenden amarrarme, me miran vacíos redondos y garras que emergen de la calma... y esa cara allá, oscura como el fondo es tu cara destello blanco sin labios ni mejillas, es tu cara viejo, viejo que gruñes, que te revuelcas, que hinchas la espalda como el lomo de Leviatán con escamas de hierro.

Viejo: Aquí están tus colores, tus dibujos, la tierra y los troncos y el follaje de tus islas y tus tallas carcomidas por la lepra del agua profunda. Mira hacia abajo, refléjate en esta calma circular, como aquellos brazos de tus pesadillas, brazos como redes.

Paul: Ella, ella que tiene el color de esa arcilla dorada y victoriosa en la frente y en los pechos. Ella es América. Tapada con flores de magnolia, ofrece una fuente de mangos jugosos pero es la trampa mortal del abismo más claro que el cielo...

Viejo: ¿La ves? Ahora es una anaconda. Allá, más adentro, tendrás que quitarte los zuecos de viaje, arrastrar la piel de los pies en la arena, pisar con la planta desnuda cuerpos que reptan y se escurren en los charcos y avanzar hacia los ríos monstruosos.

Paul: No tiene sentido, ya pierdo la noción de la distancia. Pinto despacio, sin ganas las flores que no son las que deseo, quiero conservar la imagen que busco, pero escupo sangre y no encuentro el rojo del Perú, ni el amarillo de sus mariposas. Este follaje no es americano. Hay niebla en forma de una pena enorme, pena muy sola...

Viejo: Una pena que te obliga a abandonarte, te gana la sombra sobre el dibujo de tu imagen.

Paul: Hago retroceder la sombra, profundo color sin perspectiva.

Viejo: Ya no puedo alcanzarte, te me escapas, te diluyes en verdes que son mas que oscuridad, en brillos que son menos que luces. Casi no te distingo, te alejas hacia un desorden de redes vegetales. Pero no has visto que tus tobillos se mezclan con tejidos de serpientes y te paralizan. ¿Será que buscabas la venganza?

Paul: Empujo mi cuerpo hasta buscar otra mujer la única, la pinto y la dejo encadenada, prisionera en el cuadrado estéril. Pero la cuelgo sobre la pared, y la descubro. Es otra, ha cambiado, no es ella, nunca serán todas ellas, ella.

Viejo: Ya no se diferencia el rojo de tu rojo. Las Alinas y las vah’i né se confunden con los marrones, los pájaros son todos anaranjados. Solamente se recuerda un disparo y la cascada de hembras cayendo desde una tarde del otoño de mil ochocientos ochenta y ocho, desde las fábricas textiles, desde los secaderos de tabaco...un disparo.

Paul: ¿Es mi cabeza la que estalla?.

Viejo: No eludas el disparo, huyes hacia oriente porque en Papeete las palmeras ahogan el ruido de los látigos. Las vah’i né mueren jóvenes.

Paul: Puse a salvo a la pequeña Pahura, la alejé de mi sueño.

Viejo: Mentira, esa pesadilla la traes desde Europa, venía con la marea desteñida, cabalgaba la estela del barco francés. A ellas las dejaste al bajar del barco porque siempre te sentiste abandonado. Por lo menos, en los últimos días, no mientas. Te estoy perdiendo, tus contornos ya no hacen sombra contra el rayo verde.

Paul: Es inútil como inútil remo viejo, como vieja red deshilachada...como el viejo de la arena...es inútil. Tengo demasiado miedo.

Viejo: Te falta mucho todavía, debes caminar, tienes que arrastrar los pies hacia esa cumbre blanca, aunque sea más acá de la selva, pero se anudan las serpientes. Vuelve tu venganza.

Paul: Es mentira, mientras yo diga que es mentira. En el lienzo no hay fríos monstruos ni pálidas náuseas. Para redimirme invoco a la vainilla y al cacao, a la lava femenina apasionada y al río descomunal que nace en las montañas.

Viejo: Ese mundo desbordado no te pertenece. Mientras te alejabas en el sentido del viento frío diste la espalda a las manchas de hojas podridas, los rasgos de pómulos marcados, las escarpas de violentos cañadones, los cóndores, los buitres, los contrastes. Contornos que ya no tienes. Perdido, te intuyo perdido. ¡Agáchate! Un poco de humillación te vendría bien, tal vez tengan perdón de tu derrota, tal vez tengan lástima de tu debilidad. Ellas, las guerreras o las otras, tus víctimas.

Paul: Viejo, he ganado la apuesta. Voy hacia donde está Alina. Recuerdo de pronto esa música, la que prefería Flora. La pequeña barca de juncos y totoras está preparada, la hemos humedecido toda la noche con saliva, con transpiración, con humores morenos vegetales. No te preocupes, ya tus redes son inútiles. Remienda para otra ocasión, asegura los nudos para que la trampa funcione. Voy hacia el sol y la selva y el hielo candente derretido sobre mis huellas. Me veo llegar, niño despeinado e inocente, corre hacia mí desde tierra adentro, con el sol a las espaldas. No serán buitres, serán cóndores. Inútil. Ya ni siquiera te escucho. Hay gorjeos de pájaros y suaves murmullos. Hay tambores negros y guitarras andaluzas. El aroma es pesado y pegajoso, tal vez sean hojas podridas y esqueletos de peces. Tal vez Viejo, sea tu propio olor a derrota. El rojo está en los rocotos y en mi pecho. No te decepciones Viejo, habrá otros incautos, cuida bien tu barca. Desde allá me atraen las manos femeninas, ni terrosas ni traslúcidas, simples manos doradas de canela americana. Me junto con el niño. Y es precisamente donde antes de llegar la amazona del Este, habían reinado las desnudas amazonas, las guerreras, las que ella hubiese amado.

Será en otra ocasión, Viejo, no te culpes, el camino lo había descubierto Flora para que pase el niño que regresa, también aquella Alina, la frágil y pequeña y esta Alina, la indómita rebelde. Ahora está bien, ya la sigo, por única vez que no será ante tu vista, agacharé la frente, si es necesario entraré de rodillas, no me importa. Cuando nos abracemos haré las paces conmigo y con los lilas, el granito y el cacao. Ahora vuelve al fondo, Viejo, a la tormenta oscura o a la llanura que imita al cielo. Escóndete con tus nudos y espera al próximo viajero, si viene del Este ya sabrás que hacer.

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Comentario por Nat Gaete el febrero 19, 2010 a las 8:09am
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