“El libro de artista recompone el casi anulado espacio sagrado humano-espiritual que caracterizó alguna vez el arte. Permite anunciar, criticar, reconstruir, declarar o anular -según lo desee su autor- la necesaria resacralización del espacio interior del hombre con raíces muy profundas en los rituales sociales”.

María Carolina Abell Soffia

 

E

n el variopinto mundo de la Fotografía, en el que se antepone el “mostrar” imágenes antes que el “demostrar” (la contundencia de una obra o de un trabajo, por ejemplo), resulta del todo insólito, además de incomprensible, que un fotógrafo resguarde de la mirada ajena sus propias fotografías en libros de artista y en contenedores sigilosamente clausurados.

 

Los 2 principales Documentales Fotográficos que he realizado, se encuentran bajo esta modalidad. En efecto, “Pueblos Olvidados” consta de 6 libros de artista protegidos en 3 contenedores diferentes. Ellos albergan y resguardan 169 fotografías, más textos poéticos, mapas del territorio documentado y diferentes objetos encontrados durante la travesía. Por su parte, “Retratos (des)de la Locura”, contiene 177 fotografías distribuidas en 7 libros de artista, protegidos a su vez en 2 cajas metálicas diferentes.

 

Estos trabajos se han mantenido, hasta ahora, deliberadamente ocultos y casi desconocidos (sólo han sido exhibidos en sendas instalaciones en un antiguo monasterio franciscano de provincia). El carácter único e irrepetible de estos libros, su condición de objetos de contemplación y no de consumo, y el consecuente sigilo con que han sido preservados, han propiciado que la Obra contenida haya tenido una existencia más bien de culto, favoreciendo de este modo la preservación de su aura y su lejanía. Debo confesar que ha contribuido a ello, y en no poca medida, mi temperamento más bien retraído y melancólico, y también mi acérrima distancia de los circuitos del arte como ilusionismo y espectacularidad.

 

Si, como sostiene acertadamente Walter Benjamin, el rostro humano es el último reducto en el que la imagen fotográfica se resiste ante la pérdida de su valor de culto (La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica), no es casual que las imágenes de estos Ensayos Fotográficos demanden una lectura más bien contemplativa, no desde la estética, sino de la moral. En efecto, el resguardo de estas fotografías en contenedores, como único mecanismo de defensa ante la trituración del aura que experimentan las imágenes de consumo, resulta aquí funcional e inseparable del contenido icónico que albergan. Al ocupar en ellas el rostro humano un sitial preferencial (retratos de campesinos relegados al olvido, así como también de internos recluidos en asilos mentales públicos), la imagen se resiste a renunciar al hombre, pues -para quien escribe- de todas las renuncias a que la Fotografía nos ha acostumbrado en lo que va corrido de este siglo, la representación de lo propiamente  humano sigue siendo la más insostenible.

 

Ramón Ángel Acevedo (Rakar).

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